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Aprender a armarse

  • 29 jul 2016
  • 1 min de lectura

©Villarreal Bárbara

Y ahí está él, otra vez con el alma partida y los sentimientos malditos. Con un pedacito del corazón a medio armar, los brazos cansados de desvanecerse en cuerpos fantasmas y los besos desgastados en labios vacíos. Se pregunta por ella, se pregunta por aquel, pero sobre todo se pregunta por él. Se pregunta y vuelve a preguntar una y mil veces. Encuentra respuestas y aparecen tres preguntas más. Las contesta y aparecen tres o cuatros nuevas. Y así sigue, perdido entre tantas consignas, entre tantos supuestos. Perdido otra vez, en un mundo sin colores, en ciudades de humo, en cielos pantanosos. -Desprendete de tantas inquietudes. Se dijo a sí mismo un día de mucha luz. Se supo llenar de esa revelación, aprendió a nutrirse de tanta magia. Entendió que no siempre va a haber respuestas a todas sus preguntas. Un día después juntó los pedacitos desparramados y aprendió a armar su corazón. Volvió a abrazar cuerpos que lo hacían flotar. Volvió a besar labios de todos los sabores. Y ahí está él otra vez, con su alma restaurada y con los sentimientos listos para encenderse.


 
 
 

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